A nadie le falta Dios, ni a los gays de Chile

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En el día del Señor, dispuse una tarde entera para generar un encuentro cercano con el creador del cielo y la tierra, pero no con ése castigador y homofóbico, sino que con uno “open mind” y “gay friendly”.







Ilustración: Naijem Cepeda
 
 
 
Llamo por celular a mi contacto y un hombre de barba, peludo y de contextura gruesa sale a recibirme para llevarme hasta donde se reunirá el grupo de oración de los Testigos de Esperanza. Se trata de Sergio (34), quien forma parte del clan que en las comunidades gay se denomina “oso“. Es domingo, las  seis de la tarde y me encuentro en la puerta de un edificio de concreto rojo a punto de presenciar la reunión de los parias de las iglesias: un grupo de oración de gays cristianos.
Entramos a un departamento y tras cruzar la puerta aparece una ronda de sillas alrededor de una mesa. Son 15 asientos los que están dispuestos para todos los hermanos que asistirán. Dos candelabros similares a copas de color rojo, una Biblia abierta, un cirio decorado con una cinta color púrpura y una cruz de madera, más grande que la gruesa vela, decoran el centro de la mesa.
Frente a esta suerte de altar se encuentra Francisco Javier (35), Diácono de la comunidad Testigos de Esperanza. Él será quien dirija la sesión siguiendo un cronograma que indica el Dios de la tecnología: un computador portátil. Francisco viste completamente de negro, con una camisa de cuello cerrado y una especie de cinta blanca en lugar de corbata, similar a un sacerdote. Uno al que le está permitido amar a Sergio y ser miembro del peludo clan al que pertenece su pareja.
A la escena se suman varias máscaras de colores oscuros que cuelgan de la pared observando el rito, con ojos rasgados y mentones puntiagudos que simulan un estilo tribal africano, que bien conviven en la sala con un mini bar, algunas plantas, libros y figuras que representan santos y ángeles.
DE TÚNICAS Y DOGMAS
Alrededor de la mesa está también Tomás (34), uno de los fundadores de la divina organización, quien hoy trabaja en un banco, pero alguna vez fue monje e hizo un voto de pobreza extremo basado en la vida de Francisco de Asís. Tomás ya no viste de un parco café, pues  se vio obligado a abandonar el monasterio cuando tenía 29 años. A esa edad fue cuando decidió hablarle a un superior respecto de su condición sexual. “Cuando lo conté me dijeron que tenía que dejarlo, y eso es lo común en casos como éste”, comenta ya que Marcos (36), otro de los iniciadores del grupo, vivió una experiencia similar.
“Se te quiebra todo y quedas sin nada, es súper difícil. Tener una vida hecha y que te digan: sabes qué, ésto no lo puedes continuar”, comenta Tomás ex monje. En cambio, el caso de Francisco Javier fue distinto, porque él siempre tuvo claro que era gay y optó con conocimiento de causa por entrar al seminario. Pero se retiró por la muerte de su madre y la posterior enfermedad de su padre, quien la siguió poco tiempo después. Así volvió a la casa familiar en el sur para asimilar el duelo. Ahí se fue quedando hasta no volver más al Seminario.
EL CANTO DE VÍRGENES Y NO TAN VÍRGENES
De pronto irrumpen en la escena dos mujeres, las únicas que participan en el grupo, ambas heterosexuales. Una de ellas es Anita, quien es  vírgen consagrada, viste una blusa roja y sobre su pecho descansa una pequeña cruz de oro. La otra es Carolita, ella no es virgen ni consagrada, y su acercamiento a Dios fue a través de Anita, quién acompañó a su madre en los últimos momentos de vida y luego se ofreció como una ayuda o guía para ella.
Más tarde se suman Marcos y su pareja Raúl (27), ambos visten un estilo hippie conformado por ropas holgadas y hawaianas. Toman asiento cerca de Francisco Javier y sacan una guitarra de un estuche de tejidos andinos. Comienzan a afinar la musa de madera, atiborrada de stickers de Winnie the Pooh y Micky Mouse, para empezar a entonar las particulares armonías veneradoras del Señor.
Cada vez quedan menos sillas disponibles. Primero llega Jorge de negro atuendo y oscuros anteojos, como una versión chilena de Terminator, pienso. Después, Pato, una especie de oso del tipo pardo o gris, por lo grande y velludo. Y finalmente, otro Jorge, en una versión más sport, y el segundo Raúl, un hombre delgado cubierto con una holgada y remangada camisa a cuadros.
Con todos los presentes comienza la reflexión y Anita despliega su primera inquietud respecto de una lectura bíblica en la que participaron la semana pasada. El tema es tratar de entender a qué se refería Jesús al llamar a los hombres y mujeres a la fecundidad.
Marco, quien además de ser ex seminarista es actualmente profesor de religión y filosofía en un colegio, comenta que su interpretación del texto es que ése llamado es a que las parejas sean prósperas en todas sus formas, no sólo en cuanto a la progenie. La discusión que se alarga y termina cuando Francisco Javier les pide comenzar con la sesión del día.
“¿Cuándo fue la última vez que fueron a un banquete?”, parte el Diácono  la reflexión. La idea es entender que la oración es un banquete abierto donde todos están invitados y eso es lo que hacemos hoy, aunque algunos no nos interese mucho aceptar ese tipo de invitaciones. Todos, menos yo, buscan una melodía en un cancionero. Comienzo a mover los labios para que no se den cuenta de que ni siquiera encontré la letra.
Después de la música se nos invita a pensar en lo que queremos cambiar y se nos insta a que se lo pidamos al Señor. Mientras mantengo mi mente en blanco todos se concentran cerrando los ojos. Jorge pide por sus tinieblas y me pregunto qué cosas tan oscuras puede guardar este pequeño robot asesino del futuro. Anita, por su parte, solicita a Dios más dulzura y que la sane de su ego, porque quiere ser libre.
Sigue la música al son de la animada guitarra y Pato continúa buscando la canción, aunque parece estar más perdido que yo y nadie lo nota. Cantos, reflexiones y lecturas de la palabra del Señor, y  siento que volví a los diez años cuando fui por un tiempo a catequesis hasta que me aburrí de tanto Dios, mandamientos y misas.
Marcos, nuevamente, nos hace reflexionar sobre una parábola que lee Tomás y que Raúl, el medio hippie, no entiende bien. En tono de broma, Marcos plantea la posibilidad de que los apóstoles realmente no comprendieran a Cristo cuando les hablaba de ésa manera y se pregunta: “¿Quién entiende en verdad a Jesús?”.
De pronto, la paz de la atrevida conversación se ve interrumpida por: “Te aviso, te anuncio que hoy renunció…”. A modo de ringtone, Shakira suena en el celular de Tomás. Vuelven los cánticos y el pudor que me hace sudar, pero ésta vez cantan a la grandeza de de Dios y a la pequeñez nuestra, cosa con la que no podría estar menos de acuerdo.
Finalmente, nos ponemos de pie haciendo un círculo tomados de las manos para dar las gracias, las últimas peticiones y bendiciones. Marcos pide por el bienestar de las parejas presentes y Sergio le guiña el ojo a Francisco Javier. Nos damos la paz del Señor y cerramos cantando: “Mi Dios es real”, refiriéndose a uno gay friendly, poco castigador y casi nada homofóbico, cosa que me cuesta creer.

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